miércoles, 6 de febrero de 2013

La Estatua Incómoda



Por qué, para qué, de parte de quién todos me preguntan, ¿cómo te sientes? Inmediatamente me dan ganas de ahorcar al preguntón que se dispone a escudriñar mis emociones sin mi autorización y, para acabarla de amolar, esperan que mi respuesta sincera sea mínimo, "no quepo de felicidad". Pero cómo poner en palabras la vorágine de emociones en mi primer día libre después de un año y medio convertido en instantes que nunca acaban de pasar. Ya perdí forma, por más que corrí a todos con cajas destempladas no se larga nadie, todavía ahí están abajo todas esas buenas almas esperándome a que acabe de bañarme para decirme, "pobre de ti" arrojado a mi regazo cual tarántula, para sentirse bien ellos y yo peor. Cualquier cosa antes de dar lástimas. A lo mejor con mi léxico enriquecido en este año y medio me los sacudo. Ni aunque quisiera, ni cómo explicarles lo inexplicable hasta para mí misma, en la cárcel sané de hipocresía.

Ahora sumergida en mi baño de tina que tanto extrañaba me siento inmune al remolino de ideas confusas que me traigo. No salgo de mi pasmo y asombro, la realidad que veo y toco no es un sueño con otro despertar a la pesadilla tras las rejas. Esta incredulidad devora mi confianza, no vuelvo a creer en nada ni en nadie. Mi vergüenza está ligada a todas mis emociones, la ira la llevo conmigo, no encontraría desquite incendiando el mundo entero, mis resentimientos no me caben en el pecho. Tengo miedo, mucho miedo, miedo al mañana, miedo de mi hijita con madre ex convicta enfrentada al qué dirán durante el resto de sus días, me da miedo hasta escupir en la banqueta, no sea que se haya vuelto delito y el policía de punto me arreste, tengo temor de que mi miedo a sentir miedo me aprisione tras las rejas de mi mente.

¿Cómo empezó todo? Tiempo de sobra he tenido pensando la forma en que las cosas podrían haber sido diferentes, estoy convencida de que me faltó la malicia necesaria al ascenderme Mr. Fisher a Directora de la compañía y registrar mi firma en los bancos, pero cómo sospechar que el canalla planeaba que yo fuera la responsable del fraude que él cometió y se llevó de corbata a los inversionistas... Ya no quiero pensar más en eso, la libertad debe acompañarse del pensamiento ... ¡nada ni nadie me lo impide!

Tengo que capturar esos momentos de mi dicha plena al lado de Augusto, tan inmensa, que no me importaba lo que me pasaría el resto de mi vida. Pero… ese pasado lejano tan mío, lo tengo tan borroso. En esos atardeceres bajo la higuera del jardín en la casa solariega de su abuela, ¿qué nos decíamos? No me acuerdo bien a bien. Creo que Augusto comenzó a arrobarme con sus conocimientos de los griegos clásicos que me transportaban al Partenón como si estuviera viendo los frisos de Fidias, o con su explicación del Art Nouveau, y del Chac-Mool del inglés Henry Moore, o su síntesis del arte moderno en su versión particular mexicana, o, simplemente, relatándome su vida errante en Nueva York hasta regresar a México hecho un bailarín consumado y dedicarse de lleno a un bloque de piedra vuelto obra de arte en sus manos.

Escapa a las trampas de mi mente esa estatua mía en piedra que cinceló con tanto amor, epílogo mudo de cuando él y yo nos encerrábamos en esa buhardilla que él llamaba taller, hasta revelarme desnuda en esa mujer gigantesca con dos cántaros de agua recargados en mi cintura abrazándolos, más que sosteniéndolos, para que siempre manara el agua cristalina de la fuente a sus pies. En ese éxtasis desaparecía el universo con su pasado y su futuro, sólo él y yo existíamos entregándonos mutuamente al unísono en un mismo instante en el que el tiempo se detenía, libres de toda sombra y pensamiento que no fuera ese momento de la plenitud y el sentido de haber nacido. Eso lo recuerdo detalladamente, pero no capturo su intensidad sino como en una escena de una película muda, ¿tendré mis emociones petrificadas también? A lo mejor no todo está perdido, me reanima que mi juventud petrificada permanecerá en la fuente a pesar de la Liga de la Moral y la Decencia, a pesar de que la esposa del Presidente Manuel Ávila Camacho le puso calzones a la Diana Cazadora de la Avenida Reforma y a mí también y con el cambio de gobierno se modificó la orden, como suele suceder sexenalmente.

 ¿Quién iba a decir que Augusto luego haría monumentales estatuas patrioteras apegado al nuevo arte que se impuso de simplificar las líneas con un distintivo sello mexicano como mi estatua? A lo mejor las nubes de polvo que respiró al esculpir esos monolitos le provocaron su tuberculosis. ¿Por qué no me la contagiaría? Qué angustia tuvimos los dos antes de estar seguros. ¿Hace cuánto que murió en esa cabaña perdida en las nieves de la sierra de Durango? Un siglo. Mil siglos, da igual.

¿Tuve más miedo cuando enviudé física, mental y espiritualmente, que cuando entré a la cárcel? Es diferente. Madre soltera dolida hasta el tuétano, con la Muñe de un año, en la calle de en medio y repudiada hasta por mi ricota familia persignada no me sentía impotente. Fui a tocar puertas hasta encontrar trabajo con Mr. Fisher. En cambio, el horror a la prisión si me paralizó antes de poner un pie adentro. Nadie puede estar más asustada que yo cuando pensé que mi papá y Checo no me sacarían de esa cárcel inmunda, ni podría estar más aterrada que yo por compartir mi celda con una que asesinó a su marido, las cosas tan terribles que ella me contó de las celadoras me asustaron más que las que me contó de las otras presas, no pegué los ojos quién sabe por cuánto tiempo antes de hacerse mi mejor amiga y darnos ánimo por esos ruidos nocturnos y quejas que asustarían a los locos de La Castañeda.

Ahora que voy a vivir con mi papá y Checo, espero que se vuelvan igualmente desaprensivos hacia su anterior consternación por la “oveja negra” desnuda para la posteridad como la de "El Beso" de Rodin, y si no dejan de acosarme, me re-don-canso que puedo escaparme de esta nueva reclusión imaginaria, y con toda MI libertad que realmente tengo y puedo gozarla si me doy permiso, me salgo a las calles a tocar puertas hasta encontrar chamba para emanciparme. Peeeroo si no me había dado cuenta lo que envejecí, este espejote de mi mamá siempre quise hacerlo añicos, mañana mismo me pinto el pelo de negro piano y, luego, averiguaré si me curé de espanto como me instruyó la reclusa acusada de ser bruja profesional. A los preguntones reunidos aquí abajo, más les vale que me esperen sentados hasta cuando yo despierte... MAÑANA, sintiéndome la princesa de Kapurthala recostada en suaves almohadones sobre esta mullida cama en la que me voy a echar un clavado ahorita mismo.

viernes, 25 de enero de 2013

Yo sí quisiera que regresara Santa Anna.



Yo sí quisiera que regresara Antonio López de Santa Anna, la verdad. Me urge comentar con él una película gringa. No me interesa, ni tantito así, que me explique los procesos de su pensamiento variopinto que utilizó para ser once veces Presidente de la República Mexicana hasta convertirse en Su Alteza Serenísima. Eso lo tengo clarísimo. Nombre es destino, y el suyo no es la excepción que confirma la regla, su apellido le destinó la Sociedad Anónima que le distinguió durante su trayectoria omnipresente en nuestra Historia Patria. Qué mala suerte que no se llamara Santiago de Rodríguez López, por ejemplo, caray, predestinado a una Sociedad de Responsabilidad Limitada y, así, el que peleó en nuestro suelo más batallas que George Washington y Napoleón juntos, no hubiera tenido que evocar a "nuestro destino fatalista ineluctable contra el que nada se puede hacer" por haber claudicado más de la mitad de México a United States of América tras invocar su Destino Manifiesto ultra yanqui, igualmente fantasmagórico al nuestro, pero en sentido contrario hasta forjar un imperio de poder con guerras afuera de su territorio.

Ni para qué escucharle su versión de los hechos en El Álamo al Generalísimo Sociedad Anónima. Lo sé todo. Lo que no me enseñaron en la Primaria de antes, muy antes cuando a ninguna mente calenturienta se le había ocurrido eliminar la asignatura "Historia y Civismo" del plan de estudios hasta de mi Secundaria, lo encontré en el ciberespacio. Todo fue una, ver la película gringa El Álamo  (John Lee Hancock, 2004) y salir destapada de mi butaca a sentarme frente a mi PC resuelta a consultar los archivos de Tejas. Sintiéndome totalmente preparada para lo peor, según me avisa mi experiencia con películas gringas que se meten con México, esta vez no lo sobreviví estoicamente, me asaltó la imperiosa necesidad de comprobar la certeza de las crónicas de mi abuela nacida en la casa aledaña a la fortaleza tejana El Álamo en San Antonio de Bexar.

Entre el cúmulo de top secrets caducos que contenían los archivos texanos, me topé con las fotocopias de los dos Tratados de Velasco con la firma de S.A. al calce, uno “público” para darlo a conocer al pueblo inmediatamente, y el otro “secreto”, o sea un Top Secret de Estado que se lo reservaría EU para darlo a luz oportunamente, ambos tratados pactados en el pueblo tejano Velasco redactados en inglés y en español, para luego no salir ni yanquis ni anti-yanquis con aquello de, “¿me lo podría repetir por favor?”. Este lapso amnésico académico es el epílogo de la incursión de S.A. en El Álamo en 1836, aquella vez cuando al frente de su ejército de 6 mil reunido por grado o por fuerza en el trayecto de francachelas de S.A. desde la Capital, fue a someter al puñado de sajones alzados contra el cambio de régimen al centralismo, al que deberían someterse los colonos asentados en la inhóspita Tejas por un permiso especial de la Corona española en 1819, renovado en 1821 al peninsular Moses Austin radicado en Missouri que pertenecía a Nueva España, y renovado en 1829 por nuestro insigne Presidente mulato Vicente Guerrero a Austin hijo, colono esclavista nacido en Virginia, quien pasó a la historia como el único propietario en la Unión Americana que haya tenido una extensión de tierra igual a la del estado de Massachusetts.

Resulta que los Top Secrets dejaron de ser secretos y ratificaron gran parte de las crónicas de mi abuela.  Disminuyó mi desconfianza en veracidad de Mamá Grande al recordar que se cambió el nombre de Magdalena por el de Elena, este nombre que ella inventó aparece en sus documentos oficiales y así me bautizaron, y como nombre es destino, llorar como Magdalena no se me da desde que mi hermana mayor me quitó la bicicleta que me había regalado cuando cumplí 9 años, llanto que cesó al vengarme a mi entera satisfacción, que no viene a cuento en este espacio.


Con la compra de la Louisiana por la que Jefferson pagó 6 centavos el acre a Napoleón, United States of America reducido a 13 colonias arrinconadas en su costa norte del Atlántico, expandió sus fronteras hacia el este hasta colindar con Nueva España desde los Grandes Lagos hasta la desembocadura del Misisipi en el Golfo de México. La línea limítrofe del territorio que cada cual reclamaba para sí fue motivo de enconadas disputas entre ambos gobiernos. Territorio neutral se le llamó a la franja pendiente de delimitar su frontera con el estado sureño de Louisiana, “tierra de nadie” para los de la Unión Americana que utilizaron sus costas para alijar esclavos negros traídos de Liberia. En 1819 España cedió la Florida a EU a cambio de 5 millones de dólares, el acuerdo de la frontera con Tejas ya no pudo aplazarse. EU demandaba fijar su extensión hasta el río Bravo, pero en el tratado celebrado en ese año entre el futuro presidente Adams y el representante de Fernando VII, Don Luis de Onís, acordaron establecer los límites fronterizos en el río Sabinas, quedando Tejas incluida en la Nueva España.

Los colonos tejanos se mostraron insatisfechos con la “concesión” a España del territorio que llegaba hasta el río Bravo. Se avivó el fuego que se creía extinguido de las primeras acciones separatistas de los residentes montados en la Independencia de Hidalgo. Los colonos recién asentados se opusieron al centralismo que impuso S.A. en una de sus tantas  incursiones en la Presidencia, de manera tal, la esclavitud llevada a cabo con el federalismo anterior ya era anticonstitucional, precisamente, en la cual se basaba la economía de Tejas que dependía de su producción de algodón.

Los colonos separatistas sometieron al general Cos y su contingente resguardando la fortaleza El Álamo en San Antonio de Bexar. Y ¿cuándo no?, allá va S.A a remediar el entuerto recién había abandonado por cuarta ocasión su butaca que él llamaba Silla Presidencial. Al frente de 6,000 arrasó poblaciones desprotegidas, en El Álamo hizo una pira con 400 prisioneros, el lloroso David Crocket incluido, no obstante su súplica de hinojos ante el Generalísimo. Creyendo haber ganado la guerra, S.A. se dirigió con 700 de los suyos hacia la costa para embarcarse rumbo a Veracruz, Cos permaneció acuartelado en El Álamo con el grueso de la tropa. Los colonos que a la sorda días antes habían declarado la "República de Texas", sorprendieron a S.A. y a los 700 durmiendo su siesta vespertina, el encuentro se decidió en la cercanía del Rió San Joaquín. López S.A. le ordenó a Cos la rendición de la plaza, él irreflexivamente  le hizo caso al que ni era Presidente en ese momento. Por una circunstancia fortuita, un residente tejano descubrió a S.A. cuando huía disfrazado de civil y lo llevó frente a Sam Houston, Major General de la "República de Texas", anteriormente bautizado Samuel Pablo por así exigirlo Nueva España para los empleados públicos.  A modo de saludo, S.A le dijo a su captor, "Debe sentirse honrado por haber derrotado al Napoleón de Occidente". 

Nada de lo anterior le comentaría a S.A., yo sé más que él de eso de "que la historia lo juzgue", sino quisiera preguntarle su punto de vista sobre algunas películas, eso  ni cómo saberlo por Internet. A lo mejor S.A. está encantado porque ni siquiera se mencionan los Tratados de Velasco en la película yanqui que se extiende sobre un Generalísimo de Plástico, y está de acuerdo conmigo, ¡qué horror de producción!...  Pero qué tal si S.A. me dice que el film está apegado a la realidad. Entonces no es cierto que mi abuela cursó sus estudios con las monjas ursulinas en uno de los múltiples conventos fundados siglos antes en San Antonio de Bexar, inexistentes en el horizonte plano y terregoso de piel rojas en medio de la nada, y que no se debe a tacañería, ignorancia, insensibilidad o perfidia de los productores, que las emblemáticas construcciones aledañas al zócalo no aparezcan en escena, ni los fuertes en la ribera del río que atraviesa la ciudad, sino que, verdaderamente, no forman parte del panorama.


Entonces todo lo habría inventado Mamá Grande, como le llamábamos a mi abuela paterna sus nietos, Era un cuento de hadas para sus descendientes que 30 expediciones españolas habían fundado incontables misiones en Tejas y las principales en San Antonio, que la casa aledaña a El Álamo, desde donde se atestiguó la batalla, era una de tantas entre las de múltiples familias que se establecieron en San Antonio de Bexar con nombre y apellido mexicanos, que muchas de éstas familias habían emigrado de Monterrey, capital del Nuevo Reino de León, Coahuila y Tejas, que el gobernador bexareño que debía rendirle cuentas a Nueva España le guardaba fidelidad en las buenas y en las malas al igual que sus gobernados, que desde el zócalo se veían las fincas de quienes, con férrea determinación, las construyeron en tanto se adaptaban a las inclemencias del clima y se defendían de los ataques de tribus nativas y de los bandidos que venían del norte hablando inglés, entonces sería  falso también el árbol genealógico de las familias con nombres y apellidos mexicanos en el Archivo de la Historia de Texas en el que se incluye la familia de Mamá Grande. 

Independientemente de las respuestas obtenidas del caletre de S.A., yo me extendería en comentarle a Su ex Alteza Serenísima sobre el cine mexicano en general. A lo mejor no me deja con la palabra en la boca, dado que ha de estar soberanamente aburrido en su vida de ocio, comparativamente a su ejercicio extenuante de jugar a la Sillita Caliente que juegan los niños del kindergarten, me imagino que nada se compara a correr en grupo alrededor de sillitas que una a una se van quitando, hasta quedarse sentado en la última que nadie ha ganado, La Silla Presidencial, y volverse a sentar mediante cuartelazos desde 1833, hasta que su desasosiego crónico se lo aplacó el Plan de Ayutla en 1855 que culminó en su último destierro. El lapso de sus numerosos exilios fue de 20 años, sin que se piense que era un tiempo de ocio del reconocido practicante de sus deportes predilectos, especialmente en La Habana y Colombia, las peleas de gallos, las apuestas en juegos de azar y las orgías mixtas, deportes para los que no necesitaba su pierna faltante por el incidente de la Guerra de los Pasteles, cuando no supo defender nuestras costas contra la invasión francesa en Veracruz.  Lo que se convirtió en historia inmediata, fue su afición a desertar impredeciblemente del bando conservador o liberal, con el fin de reintegrarse a la arena política, afición iniciada con su bisoño compañero de armas convertido al paso de los años en Emperador Iturbide en 1822, derrocado con el Plan de Casamata el año siguiente, encabezado, por quién más? ... la duda ofende.

Yo le aclararía a S.A. que, así como en sus tiempos cuartelazo mata Constitución y en el siglo siguiente “dedazo” mata organigrama, hoy taquilla mata inteligencia de oficio cineasta. Sabida es la fórmula yanqui desde que arrancó el cine mudo para que regresara el espectador, el Happy End, con tan buenos resultados que se perpetuó y extendió de forma exponencial, incluso, en sus westerns que arrobaron al mundo entero en "locaciones" de nuestro suelo que S.A le cedió a EU, transformado en región donde sólo sobrevivían los más rápidos en desenfundar su par de pistolas en sendos cuadriles, también asiduos tertulianos de saloons con prostitutas muy buenas personas de corazón tierno, como pusiera la muestra Marlene Dietrich enamorada de John Wayne, paradigma del cow boy asesino en serie vuelto héroe en serio a nivel mundial. La Meca del cine siguió la línea del american dream haciendo acto de presencia en todas las películas, ya sea que se tenga, obtenga, anhele, pierda o vitupere el sueño americano entreverado con el otro taquillazo que es clamor universal: sex sells, el sexo vende, no sólo se vende, dicen que dijo la egipcia Nefer Nefer, de quien aprendiera Cleopatra el arte de la seducción, dicen que dijeron dos emperadores romanos.

Nosotros nos fuimos al polo opuesto de la deslumbrante germana Marlene Dietrich con cejas rasuradas esbozadas diariamente a lápiz en su frente y libre de alguna otra atadura en todo el Wild  West, en contraste con nuestras sufridas cabareteras depauperadas que pagaban su pecado de haber parido el producto de su violación, por eso mismo se habían arrojado a la perdición a escondidas del producto que tenían que alimentar y mantener en un internado de monjitas. Yo sí quisiera saber la opinión que tiene S.A de nuestro cine con el síndrome Marga López, su tocaya a medias y enteramente A-margada -en pantalla, obviaaamente, o se hubiera regresado a su tierra para desconsuelo de Carlos y Arturo, cuando menos,  y preguntarle si se acuerda de Valentín Gómez Farías, esa especie de pastor disfrazado de charro que lo suplía en la Silla Caliente durante los días que se ausentaba el preciso, para solazarse en su inigualable hacienda veracruzana Manga de Clavo, y si los charros filmados hasta el hartazgo que nos han dado identidad internacionalmente de machos tequileros y conquistadores de chinas poblanas a montones, se le parecen en algo al paródico Gómez Farías, y si "los de abajo" vs. los ocasionales "de arriba" mientras los abajeños logran permutarle a los arribistas su sitio sexenal, han evolucionado de sus émulos del siglo XIX durante los 66 años consecutivos de guerras intestinas hasta imponer la pax porfiriana Don Porfirio y, por qué no, claro que le preguntaría si era vidente, o por qué al declararse la Independencia dijo que México no estaría preparado para la democracia ni dentro de 100 años. El presuntuoso criollo S.A., despreocupado ahora por abultar su bolsillo, podrá revelarme con franqueza lo que ahora piensa sobre su experiencia de índole volátil sin forjar un imperio, como aquellos que están en su sano juicio y practican holocaustos afuera de su Patria, como el Imperio Romano, o contra los invasores adentro, desde que el hombre es hombre.

¿Qué pensaría S.A. de que nuestro cine más taquillero haya adoptado la corriente del tremendismo? Yo le dejaría caer, como no queriendo la cosa, que el cine nacional dividió a México en  dos eras: “antes” y “después” de Pedro Infante. Al despertar de su desmayo, yo le espetaría que la inocente división virtual de Infante de "nosotros los pobres" y "ustedes los ricos" se debe a la ley inapelable de que su nombre es su destino de infante con papá Gobierno infame, así convertido en héroe nacional sin necesidad de cuartelazo alguno, con la condición de cantar desafinado. O a lo mejor le queda como anillo al dedo “…Mas si osare un extraño enemigo, profanar con su planta tu suelo, piensa ¡oh Patria querida!  que el cielo, un soldado en cada hijo te dio…", de este laudatorio himno dedicado a S.A. ya con su nombre extendido a S.A.S. (Su Alteza Serenísima), a lo mejor me dice, "luego te explico”.

A una española recién alijada en Veracruz se le ocurrió parir a un predestinado. Muchos son los llamados y pocos los elegidos, y el producto criollo S.A. fue el elegido para cumplir la predestinación del Destino Manifiesto de EU ensayado, probado y comprobado con los mexicanos, ensayado, probado y comprobado cuando nos declararan la Guerra de Texas, guerra en la que nuestro putativo Napoleón de Occidente nos volvió a defender de mayo a septiembre de 1847 con el epílogo de la leyenda de los Niños Héroes en el Castillo de Chapultepec, tras lo cual, S.A. volvió a ser Presidente por última vez durante el período preciso para firmar el Tratado de la Mesilla en diciembre de 1853 en el que S.A. claudicó a los yanquis el territorio suficiente para acumular un total de UN MILLÓN SEISCIENTOS MIL Km.2., a cambio de $10 millones de pesos más, mismos que se embolsó... SÍ, el mandatario nuestro con la razón social S. A., razón vuelta antisocial para su Nación putativa, que somos nosotros. Nuestro hado destino permitió que el tiempo efectivo que S.A. tuviera a su cargo la Presidencia de la República fuera de 6 años.

Para situarme realmente de dónde vengo y quien soy, recurro a mi ascendencia no es típica, mas es mexicana ciento por ciento en razón de que "La civilización mexicana y la española son mutuamente acreedoras y deudoras". (Andrés Henestrosa, 2000). Cuando Monterrey era la capital de Tejas, Nuevo León y Coahuila, los apellidos novohispanos de sus pobladores se perpetuaron en esa región, el de mi abuela nacida en San Antonio y el de mi abuelo oriundo de lo que hoy es Laredo, Texas son un buen ejemplo.

Elena de la Garza nació en el seno de una familia acomodada, su casa aledaña a la fortaleza El Álamo fue derrumbada hasta edificarse en el sitio Joskey's, una de las llamadas ahora "tienda departamental". A ese mismo domicilio llegó la correspondencia cuando pertenecía a la Provincia de Tejas de la Nueva España, luego al estado de Coahuila y Tejas, luego a la “República de Texas” y, finalmente, a la 28ava estrella de la bandera yanqui. La niña Elena dejó el colegio de las monjas ursulinas cuando tuvo edad de merecer y se casó con el hijo único de una viuda asentada en la frontera con México. El esposo se llevó a su adolescente esposa a Coahuila, en su casa con piso de tierra en Piedras Negras, frontera con Eagle Pass, parió a la mayoría de los 19 que dio a luz. En 1910 los hijos mayores establecidos en la Capital con empleos más que bien remunerados por su dominio del inglés, una rareza en México porfiriano afrancesado, convencieron a sus padres de unírseles en la Ciudad de los Palacios. Ella llevó consigo su recio carácter y severidad inamovibles, su estricta formación tradicional de Tejas mexicano, su hielera Westinghouse, su enorme estufa de leña en la que diariamente se cocían tortillas de harina para acompañar el desayuno, comida y cena frugal de los 19 por orden de aparición y, a la altura de lo que fuera su cintura en otros tiempos, siempre amarrado su costalito con tabaco oscuro y otro de igual tamaño con hojas de "máiz" para liar todo el santo día sus cigarrillos, costumbre de las tejanas totalmente escandalosa para las citadinas porfirianas, especialmente para su consuegra, mi abuela materna. La Revolución en su apogeo no causó bajas en la numerosa familia, no pasó de sustazos por asaltos de encarabinados al hogar y el fuego cruzado en la Alameda y el Zócalo que sorprendieron a los hijos mayores de camino a su chamba. Doña Elena de ceño fruncido, viuda en 1919 y desde entonces con atuendo de luto con faldón negro que llegaba al piso, blusón abotonado hasta el cuello y manga larga, abuela de 35 aproximadamente, a reserva de volver a contarlos con mas detenimiento, vivió al lado de sus cuatro hijos solterones empedernidos y una nieta que adoptó recién nacida, moradores de una casona solariega del D.F. funcionando a la perfección como reloj en la que Mamá Grande no despertó de su último sueño poco antes de cumplir 100 años de edad. Su vida en el norte es novelesca, de hecho, parece haber inspirado una novela mexicana fantasiosa con acento sensual editada en varios idiomas, pasada al celuloide con acento sexual disparado de la historia, y ambas versiones mancas de la realidad de la vida de entonces en Piedras Negras, como la anécdota de cuando a la recién parida a pelo con la ayuda de una comadrona que la colgó de las axilas al techo, los entuertos de su segundo parto ocasionaron que "se le regresara la leche", diagnóstico inapelable de la infección en el seno que ponía en riesgo su vida, un curandero piel roja del vecino Eagle Pass le quemó con un ocote encendido el tumor infectado, y colorín colorado, amamantó a los que siguió pariendo hasta completar el parto #19 a sus 56 años de edad.

Don Pancho, Papá Grande como le llamaron sus nietos que lo conocieron, para medio satisfacer el hambre de sus vástagos paridos en Piedras Negras, mientras les llegaba a cada uno la edad de ir con la tía rica de San Antonio a estudiar una carrera relámpago, diversificó sus actividades. Fue empresario de toros y el torero más famoso fue Zocato que erró su vocación de corredor de larga distancia en vez de torear al alimón astados; fue empresario de circo con su payaso trashumante pisándole los talones sus esposas, dos enanos peleoneros que brincaban para trompearse con los grandotes dentro y fuera de la pista, la mujer barbuda con voz tipluda encargada de cantar las coplas regionales de relleno de la función y el domador del único león del universo que derramaba copiosas lágrimas añorando a su antiguo dueño Mister Ringling. También fue dueño de la funeraria del pueblo, en los ataúdes esperando cliente dormían algunos de los 19 que no alcanzaban cama o querían aislarse del batallón, en sus ratos de ocio inventó operaciones aritméticas sin que nadie descubriera la fórmula de cómo llegar al resultado exacto, práctica que amaestró en medio de sus travesías conduciendo una diligencia llevando y trayendo mercancía de San Antonio sorteando a los comanches y salteadores de caminos en la escabrosa ruta. Los que sobrevivieron de los 19 paridos a pelo, tienen un historial que también se antoja novelesco, algún día me ocuparé de ponerlo en blanco y negro, cada cual haciendo honor a, "Nombre es destino".

Yo si quisiera que regresara Santa Anna… tendríamos mucho que platicar.

jueves, 3 de enero de 2013

Dándole la vuelta a Voltaire



Me dicen que Voltaire dijo, "Yo no pienso igual que tú, pero estoy dispuesto a ofrecer mi vida por tu derecho a decirlo". Me dicen también que unas corrientes psicoanalíticas honran la superstición de que "Nombre es destino", siguiendo este (des)orden de ideas, Voltaire gustaba de utilizar las mismas argucias en su contra para voltear la forma de pensar de sus detractores.

De ser cierto este chisme que me llegó, al eximio filósofo renegado de la fe cristiana le faltó agregar, para mi gusto, por cuáles formas de pensar distintas a la suya estaba dispuesto a arriesgar su vida, excepto la fe cristiana obviamente, y la condición humana impredecible.

Nuestro albedrío es intransferible e inconmutable en el que nada ni nadie interviene, lo que pensamos en este momento puede modificarse radicalmente en el próximo instante de así elegirlo nuestro albedrío en actividad perenne, para nuestra propia sorpresa. Voltaire se hubiera visto más que atareado de haberse ocupado en sumar y restar nuevos adeptos y renegados de su lema Ècrasez l'infame inspirado en la Ilustración inglesa, según me asegura la enciclopedia que no es francesa ni británica, es española.

La ilusión de no creer en nada ni en nadie es una falacia hoy día propagada como la humedad, como se decía antes de existir el ciberespacio. El ser humano nace con la necesidad de misterio sin fecha de caducidad, hipótesis avanzada por el demiurgo Karl Jung en los treintas del siglo pasado y teoría comprobada científicamente a nivel celular con la tecnología moderna. En otras palabras, entre el nacer y morir el humano nutre su necesidad de misterio de acuerdo a su albedrío en el que nada ni nadie interviene, así confía, cree y tiene fe.

Confiar es creer en algo que puede comprobarse, como que mañana saldrá el sol. Creer es estar convencido de que algo es verdad sin que lo hayamos comprobado. Tener fe es creer en algo que no puede comprobarse, ni física ni materialmente. Creemos en algo y en alguien cotidianamente. Creemos que nuestro "cachito" de billete de la Lotería Nacional no salió premiado según consta en las listas publicadas por la misma Lotería, creemos que por nuestro boleto de avión por el que hemos pagado una pequeña fortuna el piloto conducirá una aeronave hasta llegar al destino que tiene impreso nuestro boleto de papel que en tierra no sirve para ninguna otra cosa, creemos que los comestibles enlatados contienen lo que su etiqueta promete. Si no creyésemos en nada ni en nadie nuestra vida sería insufrible.

El filósofo Blas Pascal, opositor de su contemporáneo Descartes (Pienso luego existo), intuyó dos orígenes del conocimiento, la razón y el corazón (El corazón tiene sus propias razones que la razón no comprende). Los cartesianos creen en la bondad de su Ideal emanado de la duda metódica, lo cual, no les limita hacer suyos otros Ideales, la doctrina de Engels pongamos por caso, o la Utopía de Tomás Moro, o creer en el Ideal de la República de Platón, independientemente de ignorar si la verdad que pensaba el filósofo Super Star de su época era la misma verdad que decía.

Depositamos cotidianamente nuestra fe en lo que no puede comprobarse ni física ni materialmente, además de nuestra fe en la numeración arábiga infinita que utilizamos sin ocuparnos en que no podemos aprehender la idea de lo infinito, no se diga comprobarlo. La ciencia, por su parte, tiene respuestas limitadas que ofrecerle al humano en constante búsqueda de respuestas trascendentes a su necesidad de misterio, en tanto la ciencia continúa cambiando minuto a minuto en todos los campos que abarca, medicina, astronomía, tecnología y lo que se acumule antes de que la inteligencia robótica supere la humana, según prometen sus oficiosos fabricantes.

La diferencia entre tener confianza, o fe, o creencia es irrelevante para la sociedad moderna. Enfrentada a la embestida de la apertura informática precipitada en cataratas incontenibles, la defensa menos trabajosa es desilusionarse de todo envuelto en un mismo paquete. La celeridad de la vida moderna no deja tiempo para fundamentar escepticismos que no estén digeridos vía imágenes televisadas emitidas por los mercachifles de su amo rating.

La realidad contemporánea tiene nuevas reglas de juego con la comunicación instantánea entre millones de millones, con cartas marcadas se brinca el escollo de la falta de honradez consigo mismo, así es fácil adjudicarle a los demás nuestra responsabilidad intransferible e inconmutable de edificar un nuevo edificio, en sustitución del que se ha derrumbado al enfrentarse a la realidad que nunca desaparece, siempre está ahí esperando pacientemente el arribo de la desilusión individual y/o colectiva.

Mi "edad de plenitud", en otras palabras rete vieja, se ha enriquecido enormemente al departir semanalmente con un grupo de mujeres profesionistas, al que me integré por error pensando que asistiría a unas tertulias literarias. Tras mi azoro de la calurosa acogida que me brindaran, en vez de que me corrieran con cajas destempladas por ser la única sin cédula profesional en el grupo de todas edades, me encontré inmersa en un círculo de tertulianas de ideologías muy diversas que profesaban  credos políticos disparados de mi sistema de creencias.

Enclenque sería mi fe si yo no pudiera confrontarla con sus opositores, entre más recalcitrantes y bien fundamentadas las argucias, mejor todavía, ya sea para desechar ilusiones fantasiosas o afianzar mi necesidad de misterio con la que fui dotada de nacimiento, dijo Jung, a mí que me esculquen.

Asistida de la fama que se ganara a pulso Voltaire, de arriesgar su vida por mi derecho a expresarme, puedo externar mi forma de pensar porque su vida comprometida en este derecho mío conserva su vigencia a distancia del tiempo-espacio que nos separa, me dicen.

Cuando voy a la iglesia a oír misa, no pienso en el catolicismo institucional de Franco con sanciones a las familias que no cumplieran con su obligación de oír misa todos los domingos, ni me ocupo de la neuro ciencia hoy día probando y comprobando las transformaciones neuronales en el cerebro de unas monjas francesas durante su cotidiana meditación profunda, ni tampoco me acuerdo del atormentado Voltaire de opinión movediza, me dicen.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Un Instante

      
El furor por lo instantáneo es avasallador, sólo lo nuevo es importante, lo importante dura un instante, a falta de valores consolidados habrá que hacer lo que otros hacen. Al identificarse este cambio sociocultural a nivel mundial a mediados del siglo XX fue identificado por una corriente psicológica como "Síndrome de Recompensa Instantánea".

El síndrome debutó a raíz de la aparición de "las drogas maravillosas" que se sucedieron en cascada solucionando los problemas de la humanidad, con sólo garrapatear un médico su firma en una receta prescribiendo a una persona físicamente sana el medicamento preciso para la dolencia que le aquejaba. La felicidad prescrita en su presentación de píldora era entregada inmediatamente al paciente impaciente por salir corriendo del consultorio a la farmacia más cercana y, automáticamente, volverse historia su actitud y estado anímico problemáticos, ya se había descubierto el antídoto preciso para la depresión, el estrés, la psicosis y paranoia, entre otros azotes prehistóricos. Las "drogas maravillosas" al tiempo probaron que no eran la solución soñada, el síndrome llegó para quedarse.

Mi cruzada particular contra la goma y el borrador del México de Mis Recuerdos se resiste a desaparecer a manos de su oponente fugaz, instantáneo y de índole adictiva, al que me cuadra llamarle instantaneitis crónica. La fast food y el café instantáneo fueron una primicia del modelo de la respuesta gastronómica a esta premura colectiva, en adelante la adicción por la prisa se propagó de forma incontrolable. Los adultos en plenitud haciendo su mejor esfuerzo por asimilar el último cambio socio cultural sin darle alcance, descubría que ya estaba en su apogeo el siguiente, así aparece "la píldora" anticonceptiva que le dio un vuelco a la humanidad desde que la mujer es mujer, y no muy pronto llegó  la venganza masculina con el Viagra que cambió al hombre desde que es hombre y macho impotente por añadidura.

Todo marchaba sobre ruedas cuadradas en México de Mis Recuerdos, cuando la tecnología lo cambió todo con avances espectaculares de un minuto a otro. El ciberespacio inició la comunicación íntima al instante entre millones de cibernautas adictos a su PC, en veces concertando matrimonios entre quienes no saben a qué huele el otro y cuánto ronca, y en otras los físicos y astrónomos escudriñando el universo y diciéndonos que somos polvo de estrellas. En este contexto nuestro mexicanísimo "mañana" es demasiado tarde y México de Mis Recuerdos es una muestra museográfica.

Sumergida estaba en mis cavilaciones parsimoniosas sobre mi cruzada contra la instantaneitis crónica, que elimina la plácida contemplación de un atardecer desde el punto predilecto al que se ha llegado solo sin sentir soledad esperando a la luna, cuanto Rosita fue a mi casa intempestivamente y llegué a una conclusión inmediatamente. Esta epifanía doméstica consta de tres actos veloces:

Primer acto.

Telefonema de Rosita a la Coco en las Navidades:

Rosita -"¿Vas a estar en tu casa?"

La Coco -"Sí"

Al momento de colgar la bocina la Coco agradece a la vida que le haya dado una razón de peso que termina con su indecisión de aventar al fuego de la chimenea la novela de Martín Moreno inspirada en sus investigaciones, dice el autor, sobre de Santa Anna. A la velocidad del rayo la Coco corre a hace café fresco, saca un ponche navideño del refrigerador, le pone servilletitas coquetas a la charola de presumir con las copas sacadas de la vitrina, un pastel navideño de frutas secas rociado con brandy parece ser el complemento oportuno, no hay tiempo que perder meditándolo, todo tiene que ser rápido, Rosita advirtió que sólo pasaría un instante,  su marido tiene una cita emergente con el dentista.

Segundo acto:

Rosita, su marido y su gentil hijo veinteañero llegan a la calle donde vive la Coco, no encuentran la casa, la nomenclatura se fijó cuando era camino de mulas. La Coco, que más sabe por vieja que por diabla, presiente este contratiempo porque ya era hora de que las visitas hubieran tocado el timbre, sale a la calle precariamente alumbrada a chiflarle como arriero a un automóvil merodeando despacio por la esquina de su cuadra y, para su sorpresa, no son secuestradores motorizados, sino que es el automóvil de Rosita con su familia.

Tercer acto:

Terminado el suspense del domicilio correcto, la familia peregrina entra al escurridizo hogar que se llena con la risa de Rosita, su marido trae en el semblante su regocijo que le caracteriza más que cara de dolor de muelas, no viene con ellos Rosi hija, esa beldad de cabellera increíble cual anuncio de shampoo televisado. Rosita le entrega un regalo navideño a la Coco que la azora por completo, jamás había recibido un obsequio semejante en su vida. La Coco recibe encantada el changuito de peluche que repentinamente cobra vida al apachurrarle la mano izquierda, inmediatamente se suelta cantando Rock and Roll moviendo la boca parodiando las palabras de la canción que entona y se contorsiona al ritmo de la copla rocanrolera. Las visitas se despiden tras apurar apuradamente el ponche navideño y degustar el pastel de frutas en medio del júbilo común en la celebración instantánea. La Coco se queda cantando y bailando a dúo con su regalo navideño, "Go baby, go, go, go...", y pronto se le une el coro de su familia menuda.

Corolario.

La Coco asiste a una reunión informal de escritoras en un cafetín. Una a una expone descaradamente sus propósitos para el año que comienza, propósitos a cual mas conceptuoso y profundo que el changuito también presencia. Al llegarle su turno, la Coco manifiesta de forma aplastante la síntesis de su propósito fundamental para ese año, le apachurra la mano al changuito que baila y canta entusiasmado, Go baby, go, go, go sin estancarse contemplando los cambios que se suceden  en cadena a los que jamás les dan alcance quienes han acumulado demasiada juventud .

Conclusión:

Le doy el SÍ sin reservas al instante que aprisa trae el regocijo que se pierden los que, como yo, dejan para mañana lo que pueden hacer ahora instantáneamente. Le doy mi NO rotundo a la instantaneitis crónica, aflicción amnésica que ataca a la identidad del que vale por lo que tiene ahorita mismo, no por quien es, un ser único e irrepetible en el universo conocido, a reserva de conocerse otros el próximo instante. 

martes, 18 de diciembre de 2012

A propósito de Eros-Tanatos


Había una vez una película francesa intitulada La Tragedia de Mayerling (1936). El Archiduque Rodolfo (Charles Boyer), heredero al trono de Austria, antes de suicidarse dio y tomó en matar de un balazo a su amante, la baronesa Vetsera (Danielle Darrieux) dormida en regio tálamo con almohadones de seda, testigos mudos de su último encuentro pasional según se adivinara por uno de sus senos descubiertos. No era para menos, el crimen histórico por razones de estado ocurrido en 1859 en el castillo de caza del Archiduque en la aldea Mayerling en los bosques de Viena, no vendería un boleto de taquilla alguna, entonces se pensó en las posibilidades de la historia con sólo modificar la motivación verdadera en una versión atrevida con artistas que apuntaban hacia su consagración internacional. La mancuerna Eros-Tanatos daba sus primeros pasos dirigidos a una incipiente audiencia en vías de convertirse en cinéfila.

Algunas corrientes de pensamiento de los estudiosos de la conducta humana nos dicen que el aflujo de la ambición de poder es más fuerte en el hombre que su sexualidad, los opositores de esta corriente asumen que nada es más poderoso en el hombre que el acto sexual humano enfrentado a la muerte, como quien dice una cópula Eros-Tanatos. Ambas hipótesis son consideradas líricas en tanto no sean probadas, comprobadas y aprobadas por la ciencia, entre tanto, las versiones idealistas en busca de sustento válido adoptan modelos como el de Romeo y Julieta del poeta Shakespeare, o  versiones no idealistas como el modelo de las soldaderas de la Revolución Mexicana que no inventó poeta alguno, ni se ocupó tampoco.

Romeo y Julieta de sangre azul que nacieron en pañales de seda se inmortalizaron como paradigma de la idílica entrega total sin reservas de los adolescentes en proceso de formación y, para los no idealistas que no faltan, Tanatos se materializó en el romance ciego porque a los enamorados les falló su Plan A y también su Plan B.  De haber tenido éxito los aún rozados por sus pañales sedosos se hubieran enfrentado a la realidad del ser amado con barba y las primeras arruguitas de la edad entregandose con reservas, si no distraídos con la telaraña del techo, o mentalmente ausentes en el estira y afloja del reacomodo del paraíso perdido de dos que se convierten en UNO hasta que la muerte los separe. Esta historia clásica de la literatura universal es un cuento para arrullar nenes arropados en su camita, comparativamente a la experiencia de las soldaderas mexicanas enfrentadas a Eros y Tanatos despojadas de romanticismo en su entrega total hasta la muerte si fuese preciso. En un principio unidas a "la bola" por hambre, o por los tradicionales abusos oprobiosos a las mujeres en el ámbito rural, entre otras razones de peso, permanecían sometidas a la experiencia de la guerra espontáneamente. Las mujeres sumadas a "la bola" tenían a su "Juan" que seguían a pie, o en ancas del caballo del encarabinado, o hacinadas en furgones de ferrocarril cual si fuesen ganado acarreando consigo todas sus pertenencias en un itacate y un comal para hacer tortillas, en tanto amamantaban en medio del fuego cruzado al chilpayate que habían parido a campo traviesa envuelto en su rebozo agujereado de bala. Nadie iría tras ellas si claudicaban a su nombramiento extra curricular de soldadera, es fácil aventurar que en las famosa "rieleras" predominaba la mancuerna Eros-Tanatos con una atracción irresistible hacia su Juan que iba y venía de hablarse de tú con la muerte, al igual que ellas. Esta experiencia pasional unida a la muerte en acecho lo describe en tono festivo el corrido revolucionario La Rielera.

Al despuntar el cine mexicano hablado, la "juventud moderna", que se da en cada generación desde que el hombre es hombre, se lanzó en tropel a ver la primera "película hablada" hecha en México intitulada "Santa", basada en la novela que escribió  en 1903 Federico Gamboa con el fondo musical de la canción "Santa" de Agustín Lara dedicada a la non-sancta conocida por este alias. La protagonista (Lupita Tovar) fue piedra de escándalo por interpretar el papel de la pueblerina seducida por un militar (Juan José Martínez Casado), luego atrapada por la dueña del burdel con pianista que no veía pero tentaba (Carlos Orellana), perdidamente enamorado de la protagonista. La estrella es redimida de su indiscriminada actividad noctámbula por famoso matador de toros que desafiaba la muerte en tardes de arena, sangre y sol, a quien no lo cornó toro alguno, sino que la mujer desagradecida y desmotivada de la fórmula Eros-torero  le puso semejante cornamenta con un epílogo apropiado para el machista autor: mató a Santa, la única pecadora que obtuvo su merecida muerte en el escenario de pecadores irredentos y malvivientes. Gamboa (1864-1939) no se curó de su chauvinismo  durante sus andanzas diplomáticas, ni durante su exilio por motivos políticos (1913-23), ni como director de la Academia Mexicana de la Lengua hasta su muerte.

Al despegar nuestra carrera fílmica mexicana  se hicieron algunos intentos siguiendo la ruta marcada por "Santa", "La mujer del puerto" (Andrea Palma) se entregó incondicionalmente por amor, ya decepcionada y abandonada por el que le prometió matrimonio, bajo la luz mortecina de un farol callejero vendía placer, decía ella, más que éxito cinematográfico de 1933 se considera un clásico. Abundan intentos fallidos de trasladar la mancuerna Eros-Tanatos de la sala del psiquiatra a una obra literaria, su buen logro requiere talento, mucho y bastante. Desde luego, en gustos se rompen géneros, pero el estrafalario noble inglés Lord Byron (1788-1824) y el americano sureño William Faulkner (1897-1962), premio Nobel cuya obra pasa de lo sórdido a lo trágico en tierras robadas por EU a México, parecen ajenos y distantes a nuestra sensibilidad.


Salvador Novo (1904-1974), que vivía en la calle que lleva su nombre en Coyoacán, prolífico dramaturgo y director teatral, poeta irónico de ímpetu apasionado y amarga desolación, formaba parte del grupo de poetas conocido como los Contemporáneos, conformado, ente otros, por Xavier Villaurrutia, Jaime Torres Bodet, Julio Jiménez Rueda, Carlos Pellicer y los hermanos Gorostiza José y Celestino, al jovencillo Octavio Paz Jorge Cuesta lo introdujo a este círculo cuya inconmensurable obra poética fue prohibida en México machista al trascender que eran homosexuales. Lord Byron, en cambio, hoy es tenido en Inglaterra como gloria nacional. El mismo que vivía obsesionado con la muerte hasta coleccionar cráneos humanos que adornaban la repisa de su chimenea. Novo, quien propendía a escandalizar a los asistentes de las reuniones sociales a las que él era el invitado de honor luciendo extravagantes accesorios femeninos, en su obra editada post-mortem, La estatua de sal, describe magistralmente las bataholas a los que era adeptos el grupo de Contemporáneos.

Xavier Villaurrutia (1903-1950) eleva al paroxismo del placer a Eros-Tanatos unidos:

 "...la muerte es el hueco que dejas en el lecho ...y es el sudor que moja nuestros muslos que se abrazan y luchan ...y el silencio que cae y te sepulta cuando velo tu sueño y lo interrogo, y sólo, sólo yo sé que la muerte es tu palabra trunca, tus gemidos ásperos ...la muerte es todo eso y más que nos circunda, que nos une y nos separa ... y nos deja con una herida que no sangra ...Entonces, sólo entonces los dos sólo sabemos que no el amor, sino la oscura muerte nos precipita vernos cara a los ojos, y a unirnos y estrecharnos más ...todavía más y cada vez más todavía."

Como la vida es cambio, la extensa obra cimera, inigualable de Villaurrutia que fuera proscrita para la juventud de ayer, pudiera parecerle una ñoñería a la juventud de hoy en vísperas de irse de luna de miel a la luna de verdad, y si a alguno de los lunamieleros casados o en unión libre se le ocurriese evocar a Eros-Tanatos en un pacto suicida, apuesto doble contra sencillo que su pareja no recordaría  la Tragedia de Mayerling con arrobo, sino espetaría, "Houston, Houston, ¿me copias Houston? ¡Eureka!, por fin vuelve la señal... ¿Cuál es tu color de ojos, darling?

viernes, 30 de noviembre de 2012

Los sueños, sueños son.



Existes en cuanto eres pasado. Esta sentencia es el encabezado de una crítica de la novela del mexicano Tovar y de Teresa intitulada Paraíso es tu memoria, cuyos personajes viven encarcelados en la imposibilidad del cambio, en la inercia del laisere faire, laisser passé, en tanto la realidad no los obligue a abandonar esa mirada fija en un tiempo que ya no existe, sino como esperanza de regresar a él, sin más futuro que vivir día a día irremediablemente signado por la presencia del pasado en una atmósfera cerrada.

Nuestros sueños, sueños son, como todo mundo sabía antes de que apareciera Sigmund Freud en escena. Ahora se dice que a una persona se la conoce más por sus preguntas que por sus respuestas, y que por sus preguntas sin respuesta se conocen sus años vividos. Esto nos conduce a sospechar que tenemos vocación al misterio, no falta quien nos asegure que nacemos con el gen de la necesidad de misterio. Un recurso muy socorrido para elucidar la verdad sospechosa que asuela al hombre, es el concepto de paraíso, desde los Paraísos Artificiales del opio y el hachís del francés inmortal Baudelaire, hasta la respuesta de la española Santa Teresa de Ávila:

Si para estar ahora enamorada,
Fue menester haber estado herida
Tengo por bien sufrido lo sufrido,
Tengo por bien llorado lo llorado,
Porque después de todo he comprendido
Que no se goza bien lo gozado
Sino después de haberlo padecido,
Porque después de todo he comprobado
Que lo que tiene el árbol de florido
Vive de lo que tiene sepultado.

Talento huidizo que se me escabulle, falta de luces para traducir en palabras otros paraísos a los que me han transportado un aroma, una visión, un recuerdo, un sabor, una melodía que me han incendiado en su fuego fatuo en ese momento que nunca volverá, sino como añoranza en la trastienda de mi mente con nuevos sueños cada día. 

martes, 20 de noviembre de 2012

Ni por dónde empezar (Parte 2)


Lo primero que me vino a la mente fué un incidente que sucedió en 1914 durante la revolución: La Tía  Tina embarazada de Pancho agarrando con fuerza la mano del racimo de sus hijitos corriendo en medio del fuego cruzado en las calles, decidida a llegar al Consulado de Alemania en la provincia donde radicaba. El cónsul gozando de inmunidad diplomática acogió a Tina y sus hijos, su marido había sido apresado, o fusilado quizá, por los revolucionarios que habían tomado la plaza y andaban a la caza del gobernador del estado, precisamente el marido de Tina. Tal como consta en los anales de nuestra Historia Patria, el simple tamborileo de los temibles yaquis sonorenses sumados a las filas del general Álvaro Obregón, hacía huir a los habitantes de la población que atacaría "el general invicto" en su avance desde Sonora. A diferencia de otras ocasiones, Tina no pudo salvar a su marido ultimado por los enemigos del Gobierno en turno sujeto a las vicisitudes revolucionarias desde la caída de Don Porfirio, así que cuando le permitieron entrar a ver a su marido preso en la cárcel de la entidad, el costalito con monedas de oro que se echó al buche no pudo utilizarlo para sobornar a los carceleros como se lo proponía, su marido se lo impidió al advertirle que si alguien sospechaba siquiera su contenido, los mataba a ambos.

Dos años después de esta escena, Tina aparece en una fotografía tomada a un grupo de asistentes a una boda. En este estudio fotográfico posan los novios al centro apegados al estilo de la época que demanda el fotógrafo en su dominio, la madrina Tina luce arrogante cual zarina rusa viendo de medio perfil a la cámara en actitud desafiante, sobriamente alhajada, garbosa porta su atuendo confeccionado en su totalidad por ella, vestido largo de encaje negro de Bruselas con mangas ceñidas a sus brazos hasta la muñeca donde rematan sus guantes de seda, en su sombrero de paja de ala ancha, un tanto ladeado con coquetería, destaca una gran flor de organza. Esta imagen congelada, para mi sorpresa, originó la precipitación en cascada de anécdotas, leyendas y mitos salidos de la imaginación de La Tía Tina, y la mía también, que me remiten a los antecedentes de su fortaleza que, reproducida en mayor o menor grado por millones de mujeres que conservaron a este país de pie, no eran las paradigmáticas soldaderas que también se perdieron en el anonimato.

Tras quitarle sus amarras a la imaginación sometida a la cultura digerida en imágenes, me transporto a la hacienda sinaloense del siglo XIX, donde la fantasía se vuelve realidad y la realidad fantasía.

El papá de Tina, Hernando Montero, nació en Burgos. Ya había cumplido 21 años de edad cuando llegó a Sinaloa en compañía de su hermano mayor Emanuel con el fin de tomar posesión y trabajar las tierras que la Corona le había concedido a su padre, totalmente desinteresado en abandonar su terruño ibérico. La propiedad de Hernando abarcaba una dimensión tal, que no se recorría de principio a fin cabalgando a buen trote durante todo un día. Esta dimensión se incrementó más aún, en razón de que Emanuel fue a Roma para ordenarse sacerdote, se arrepintió al momento de hacer el voto de celibato, pero en México Emanuel ya había hecho voto de pobreza cediendo todos sus bienes a su hermano Hernando, ríos, montes y lagos incluidos.


Hernando volcó en sus tierras el mayor esfuerzo y trabajo. Al tiempo, el rubio de ojos verde claro y donosa presencia de 28 años de edad, ya vuelto Don Hernando, contrajo nupcias con Altagracia,  niña de 14 años de edad de frágil apariencia cual figura de porcelana, hija de la templadísima hacendada viuda cuya finca colindaba en algún punto con la propiedad de Don Hernando, así que por la vía matrimonial se resolvió el agrio conflicto por zonas limítrofes del agostadero donde pastaba el ganado de ambas haciendas en tiempos de secas. Son los tiempos del derecho de pernada, la muchacha que se casara con un peón del hacendado pasaba su primera noche de bodas con el patrón si éste la requería. Esta disposición también vigente en la Europa de tradición latina, no era el caso en la hacienda de la viuda, sino el de sus peones rebelados contra la autoridad femenina que ella hacía valer a fuetazo limpio, no obstante haberse quedado coja al caerse del caballo durante una de tantas aplicaciones de su autoridad.

De regreso en Sinaloa, el renegado Emanuel requirió en amores a  la templadísima viuda suegra de Hernando. Uno sólo puede imaginarse el nudo gordiano que ató a todos sus protagonistas sin oportunidad de desatarse, sino por un hachazo a la usanza de Alejandro Magno. La hija de la viuda sacó a relucir su carácter férreo que la caracterizó toda su vida, en esta ocasión lo puso en práctica no volviendo a ver a su madre jamás. Esta decisión draconiana no fue un berrinche de nena consentida o algo que se le parezca, a sus 13 años de edad Altagracia, como hija mayor de la hacendada viuda, tenía la obligación de encargarse de la catequización, la salud y el esparcimiento de la comunidad de peones y sus familias, les curaba la alferecía metiéndolos en una tina de agua con cal, los salvaba de morir irremediablemente de pulmonía poniendo en práctica sus habilidades quirúrgicas de azaroso resultado con una incisión en "la paleta" de la espalda hasta sangrar, para los cólicos menstruales administraba a sus pacientas el remedio mundialmente utilizado llamado  Paregórico a base de opio surtido en la botica de Pericos, o Agua Salada, o de la capital Culiacán, la botella con alcohol en el que se ha remojado mariguana durante semanas hasta tomar ese color verde oscuro no faltaría nunca en su maletín médico para frotaciones a los reumáticos, a las parturientas les purificaba la sangre con una poción de sasafrás bebida durante 40 días como agua de uso, receta replicada para aliviar crisis de camoyas, una taza de leche hervida con flor de saúco era remedio infalible para la "tos perra" o la flor machacada con la corteza del arbusto se convertía en emplaste para las llagas, en todos los casos anteriores una copiosa purga de aceite de ricino era el preámbulo indispensable, y si todo fallase, antes de cumplir 14 años la niña los ayudaba a bien morir para luego conducir los rezos del velorio durante toda la noche y el rosario del novenario con la letanía completa, excepto aquella vez que no pudo velar al difunto que se había batido a machetazos con su compadre zapatero, porque a medio velorio estalló el muertito, la niña-cirujana doctorada en el sistema prueba-error, había hecho una filigrana de su remiendo al destripado con el hilo y la aguja del compadre zapatero, cuando no se conocía la esterilización y Pasteur no daba color, así que el que contrajera rabia y todas sus pertenencias, incluyendo su casa con todos sus enceres, eran incinerados.


En medio de las eventualidades médicas mayores y menores, al caer la tarde la niña les narraba a los reunidos en el portal del casco de la hacienda, cuentos rebosantes de fantasía inspirados en la cultura regional, el negrito que meaba la masa y meaba el caldillo del monstruo hasta que el negrito liberó a la princesa cautiva, el de "componte bola" que con esta orden dada por el héroe del cuento surtía de golpes a sus enemigos, el del gallito que cantaba, "kikiriquí, nalgas de vieja comemos aquí" así revelándole al señor de la casa los ingredientes que tenía el guiso que le sirvió  su esposa a la que no le alcanzaba el gasto, el recién casado que fue a comprar café con leche y no volvió hasta que recuperó la memoria al escuchar el diálogo de dos periquitos entrenados por la esposa abandonada, el de la serpiente de siete cabezas que resguardaba la prisión de la hija del rey enemigo, por mencionar algunos cuentos del amplísimo repertorio de la niña que continuó narrando a sus nietos hasta morir de vieja con lucidez singular.

A Hernando Montero su esposa niña jamás lo tuteó, ni nunca le llamó por su nombre de pila, sino por su apellido a la usanza sinaloense, no obstante procrearon a 15. La prole Montero tenía un curtido papá extremadamente permisivo y una mamá menudita de figura exquisita extremadamente estricta que disponía de 60 criadas dedicadas a acicalarla, unas le secaban con toallas de lino su larga cabellera y la cepillaban hasta dejarla relumbrante y lista para peinarla de gran chongo, otras más se encargaban de su guardarropa y de vestirla hasta quedar abotonado el último de la serie de botoncitos en sus mangas, en tanto las aprendices se afanaban en regresar a su estado original los aposentos alborotados durante gran parte de la mañana. La regiamente ataviada no le daba descanso a su cuero siempre al alcance de su mano para meter en cintura a sus hijos varones sin rey ni ley,   se sabían dueños de todo lo que alcanzaban a ver y hasta más allá del horizonte, hubo vez que a sus dos hijos mayores, a los que sus hermanos les decían "los tobalones" por su gran corpulencia, los colgó del cuello a un árbol, hasta jurarle a su mini mamá que no volverían "a las andadas".

La adolescente Tía  Tina, cuya autoridad sobre sus hermanos y hermanas era indiscutible, y también sobre su mamá que no hacía malos quesos en eso de ser autoritaria, a su papá simplemente lo mandaba con los ojos la consentida. Todos en esa casa sabían que los zapatos de raso color de rosa que Don Hernando había comprado en la capital se los había traído a Tina, para resentimiento perpetuo de sus hermanas que murieron de viejas.



La indomable adolescente que cacheteó al cura que la confesaba por razones ocultas para el resto de la humanidad, la mediadora entre sus papás cuando su mamá se ausentaba durante semanas a sus retiros espirituales en una choza en la punta de un cerro sin permitir que nadie le llevara alimento alguno, según la versión oficial, pero  extraoficialmente, porque Don Hernando ejercía su derecho de pernada más a menudo que frecuentemente, Tina ya entradita en años se casó con el mejor partido de los alrededores, militar de carrera de altos vuelos egresado del Colegio de Cadetes. No existe razón por la que su carácter dominante cambiara al casarse con el militar traga lumbre, convertido en un manso corderito sometido a los caprichos de su esposa que no se paraba en mientes para defender su territorio, "Si eres hombre Francisco, demuéstramelo ahora mismo, mi hermano Alberto abusando de nuestra hospitalidad me ofendió", el hermano bragado que había intentado chotear a su hermana panzona de La Pelancha, le sujetó con fuerza las muñecas para evadir sus cachetadas y huyó despavorido de esa casa, antes que liarse a puñetazos con su cuñado apreciabilísimo, ya que, segurísimamente, el cuñado nunca jamás usaría la pistola que Tina le puso en la mano para escarmentar a Beto.

La Tía Tina, quien quedaría viuda a tan solo siete años de casada, sobrevivió los primeros meses de su viudez gracias al oro con el que intentó inútilmente sobornar a los carceleros de su marido preso en una mazmorra. Pronto Tina se integró a la modernidad, de ser una muñeca consentida sin haber recibido la afrenta de hacer groseros trabajos de casa ni labores manuales cual ninguna, con institutrices que introdujeron a la prole Montero a sus primeras letras, chiqueada por su amoroso marido rendido a sus pies, tomó la decisión de aprender corte y confección de alta escuela y a domeñar su resistencia a la magia blanca de la máquina de coser con pedal a la que nunca se había acercado, no'más faltaba, reto superado que sirvió de ejemplo a dos de sus hermanas que también revolcó la Revolución y no tenían hacia donde voltear, aunque parezca increíble su papá se había quedado en la ruina.

A Don Hernando lo arruinó la Revolución para la posteridad, esa posteridad a la que se le ocultan los secretos familiares, pero la Revolución ni apuntaba cuando Don Hernando había perdido todo lo que poseía en esta tierra apostándolo en juegos de azar, así como por los despojos arbitrarios de los gobernantes en turno, incluyendo cerros, ríos, lagos y selva de maderas preciosas, en una sola apuesta al as de bastos en un  albur perdió 4 mil reses, como quitarle un pelo a un gato. La crisis familiar llegó a su clímax, su esposa puso tierra de por medio y llegó a la Ciudad de los Palacios con sus dos hijas menores de diez y ocho años de edad. Su llegada coincidió con el deslumbrante desfile del Centenario de la Independencia en el que Don Porfirio echó la casa por la ventana hasta asombrar a la realeza europea y asiática invitada y al selecto grupo de mandatarios, cuyos cortejos en landós y carruajes relucientes tirados por caballos enjaezados desfilaron ante las niñas azoradas que su mamá no soltaba de la mano. Altagracia tomó la drástica decisión de abandonar para siempre su tierra, dispuesta a enfrentarse a las consecuencias cualesquiera que fueran y, para abrir boca, las tres llegaron a la casa de un tal licenciado X, quien había prometido a los hijos de Don Hernando  recuperar el patrimonio familiar que alevosamente se había apropiado el gobernador de Sinaloa.

El trío de arrimadas en casa del "leguleyo de cuartilla", para bien y para mal muy pronto fueron acogidas por La Tía Tina en su casa de Tlálpan, domicilio conyugal en razón de que el que NO mandaba en esa casa tenía un cargo importante en la Escuela Militar de Aspirantes. Las invitadas ya sabían a lo que le tiraban, el historial de Tina no se podía pasar por alto: Tina pertrechada dentro de su casa en las afueras de Saltillo, en ausencia de su marido comisionado en la capital y rodeada de niños y nanas exclusivamente, a punta de balazos desde su balcón del primer piso y luego trepada en la azotea evitó el asalto del grupo villista de a caballo que huyeron despavoridos, y que Tina con un salvoconducto viajó por ferrocarril de Monterrey a la Capital acarreando un gran cesto de mimbre en el que escondió a su marido debajo de sus estambres que ella utilizaría para tejer muchos, muchos chales, así salvándolo del paredón revolucionario, hazaña repetida en otra ocasión, pero desde Sonora y en vez de cesto el marido se escondió bajo su enagua de doble vuelo, mientras Tina abanicándose y en la otra mano un pince-nez  se hacía pasar por maestra de francés contratada por algún  personaje en el poder en turno.

Al tiempo de permanecer en casa de La Tía Tina, llegó el día en el que el marido tenía que tomar posesión como gobernador de su Estado. La mamá y sus dos hijitas menores vieron el cielo abierto, ya no debería defenderlas de la irascible Tina su marido. Quedaron aposentadas en la Capital en una casa en la calle de Las Artes de zaguán con portón apolillado que las separaba de la Revolución en curso con jinetes encarabinados desfilando por su calle luciendo orgullosos sus 30-30 como en una danza macabra. En ese domicilio permanecieron encerradas mamá e hijitas sin poder comprar un grano de arroz con los billetes bilimbiques  guardados en un arcón y que perdían su valor nominal de acuerdo a los altibajos de los caciques que se habían apoderado y/o dominaban tres cuartas partes de México. De vez en vez se aparecía uno de los hijos desbalagados con monedas de oro, único medio para comprar comida, o con los pesos de plata acuñados en Chihuahua por Villa, canjeables en EU a la par del dólar, sin preguntar mucho de su procedencia, ya que circulaban en la frontera donde Villa contrabandeaba armas. En esa casa falleció, en 1917, Don Hernando porque se bañó en una tina con agua muy caliente después de haber comido sandía muy fría, que, como todo mundo lo sabía, fue una imprudencia imperdonable cuando recién había llegado de su agotador viaje de más de un mes, en parte viajando en carroza tirada por caballos y en parte en ferrocarril para tramitar con un sinaloense en el candelero la devolución de su propiedad que le quitó a la mala un gobernador de Sinaloa ya caído en desgracia. Dos meses después su penúltima hija cruzó el zaguán apolillado del brazo de su único hermano vivo escrupulosamente trajeado de pies a cabeza, ella portaba un vestido de novia sin planchar recién desempacado de su envoltura del almacén El Puerto de Veracruz, para casarse en la capillita aledaña al templo  de San Felipe de Jesús en la Avenida Madero, cuando Tina, la hermana mayor de la novia, recién se había reinventado.


Quedan en el aire varios hechos que escapan a mi memoria y a mi imaginación, pero que tal si vuelvo a parpadear uno de estos días….todo puede suceder.